Why Monad

Cuando dices que trabajas en cripto, la conversación suele tomar uno de dos caminos. Algunos te preguntan cuánto dinero has ganado. Otros asumen que estás intentando convencerlos de comprar algo. Los más eficientes hacen las dos cosas en la misma frase.

Lo entiendo. Basta con abrir X durante cinco minutos para encontrar gráficas, siglas y nuevas formas de perder dinero con tecnología punta. Una parte de esta industria se ha ganado su reputación a pulso y sería absurdo fingir lo contrario.

Pero yo no trabajo en Monad Foundation porque me interese especialmente el dinero. Trabajo aquí porque el dinero condiciona casi todo lo demás.

El dinero, el tiempo y la libertad

El dinero es una de las tecnologías más poderosas que hemos inventado. Nos permite guardar trabajo, coordinar a desconocidos y mover valor a través del tiempo. Gracias a él no tienes que cultivar trigo cada vez que quieres cortarte el pelo, lo cual es una mejora considerable para todos, especialmente para los peluqueros.

Pero el dinero también es un mapa de futuros posibles. Determina dónde puedes vivir, qué riesgos puedes asumir, cuánto tiempo dedicas a las personas que quieres y cuántas veces puedes decir que no antes de que aparezca el miedo.

Piénsalo. No queremos dinero por amor a los números de una cuenta. Lo queremos porque detrás de esos números hay decisiones que aún podemos tomar. Una parte de nuestra vida ya se fue trabajando y esperamos recuperarla después en forma de tiempo, seguridad o libertad.

Quizá por eso la pobreza no sea solo tener poco, sino disponer de tan pocas alternativas que cualquier elección se parezca demasiado a la anterior.

Solemos imaginar la libertad como la ausencia de límites, pero eso no existe. Ni siquiera Robinson Crusoe podía ignorar el hambre, el clima o la lamentable cobertura de Internet de su isla. La libertad es algo más modesto: conservar cierto margen para decidir dentro de los límites. Poder irte de un sitio, negarte a algo o empezar de nuevo sin que el precio sea perderlo todo.

Una persona puede ser libre sobre el papel y no tener ninguna salida real. Puede elegir entre soportar un trabajo que la consume o no pagar el alquiler. Técnicamente hay una elección, igual que la hay cuando alguien te pregunta por la cartera mientras sostiene un cuchillo.

El dinero importa porque amplía o reduce ese margen. No es el sentido de la vida, aunque determina una parte obscena de las condiciones bajo las que podemos buscarlo.

El problema aparece cuando esa libertad depende de un permiso. Tu dinero tiene tu nombre, pero vive dentro de un sistema cuyas reglas no escribiste, apenas puedes inspeccionar y rara vez puedes discutir. Mientras funciona, la infraestructura se vuelve invisible. Solo descubres la diferencia entre propiedad y permiso cuando alguien te retira el permiso.

La cuenta sigue estando ahí. El dinero, sin embargo, ha dejado de obedecerte.

Cripto es un espejo

Cripto nació, en parte, de una sospecha razonable: quizá no deberíamos depender por completo de instituciones centralizadas para poseer, mover y coordinar valor. Joder, nació de ingenieros-filósofos-libertarios, vaya trinidad.

Después llegaron la codicia, los vendedores de humo, los cultos a la personalidad y quienes pensaron que poner “descentralizado” delante de una estafa la convertía en innovación. La naturaleza humana también es compatible con la EVM.

Cripto no elimina la avaricia ni la estupidez. A veces las procesa más rápido. Tampoco convierte una mala decisión en una buena por el simple hecho de estar firmada criptográficamente.

Y hay cosas de esta cultura que me sacan de quicio. Por ejemplo, los NFTs de patitos de goma infantiles que supuestamente representan un estatus elevado. Hemos desarrollado propiedad digital verificable para que adultos con dinero compitan por el patito de baño con el sombrero más exclusivo. ¿En serio?

No tengo nada contra los patitos (me encantaba cómo olían a plástico malo). Me cuesta más entender que un JPEG se convierta en una especie de aristocracia.

También están las memecoins absurdas que hacen multimillonaria a gente que, hasta anteayer, estaba apostando al tuntún. Ganar dinero no me parece mal. Lo divertido empieza cuando la suerte se transforma en talento y el ganador de la lotería comienza a dar lecciones sobre disciplina, visión y perseverancia. Ayer compró un token llamado, literalmente, pedo; hoy explica la naturaleza del capital. Ah, y mueve masas.

Hay demasiados momentos en los que la cultura cripto haría llorar a cualquier filósofo. Durante siglos nos preguntamos qué es una vida buena y ahora parecemos haber llegado a una respuesta: mirar el portfolio cada tres minutos y ladrar en un Space para conseguir atención.

Pero sería injusto echarle toda la culpa a cripto. Vivimos dentro de una cultura digital bastante putrefacta que fragmenta nuestra atención, monetiza nuestra ansiedad y nos mantiene reaccionando a cosas que habremos olvidado dentro de cinco segundos. Cripto se limitó a añadir incentivos financieros. Una combinación estupenda: seres humanos hambrientos de estatus, algoritmos hambrientos de atención y mercados abiertos las veinticuatro horas.

Es un espejo con apalancamiento. Refleja lo que ya somos, solo que más rápido, más ruidoso y con una tabla de precios al lado.

Aun así, la libertad incluye la posibilidad de emplearla en tonterías. Una red abierta únicamente para los usos que nosotros consideremos nobles no estaría abierta durante mucho tiempo. Haría falta un comité encargado de decidir qué merece existir, y ya sabemos cómo acaba eso: formularios, amigos del comité y una presentación asegurando que todo se hace por nuestro bien.

No defiendo los patitos. Defiendo que nadie tenga que pedirme permiso para crearlos. El reto es construir cosas tan útiles que los patitos puedan regresar algún día al lugar que les corresponde: la puta bañera.

Yo no trabajo en cripto porque admire toda su cultura. En bastantes aspectos trabajo en cripto a pesar de ella. Lo hago porque, debajo del ruido, existe una idea que merece mucho la pena.

El poder de poder salir

La aportación importante de cripto no es haber creado más objetos con los que especular. Ya teníamos bastantes.

Está en permitir sistemas donde las reglas son públicas, la propiedad se puede comprobar y una operación no depende por completo de la decisión de un intermediario. En vez de confiar en que una institución nunca abusará de su poder, podemos diseñar sistemas que reduzcan el poder del que podría abusar.

Los buenos sistemas no parten de que las personas sean perfectas. Parten de que no lo son.

Un protocolo se parece a una institución expresada en código: define qué puede ocurrir, cómo se alcanza un acuerdo y qué condiciones deben cumplirse para cambiar el estado del sistema. Eso no vuelve justo al código. Puede contener errores, favorecer determinados intereses o convertir una idea tonta en una idea tonta extraordinariamente eficiente.

La descentralización no nos evita pensar; nos obliga a hacerlo antes, porque después el sistema ejecutará exactamente lo que le hayamos pedido.

Para mí, el valor más profundo de cripto está en ampliar la capacidad de salida. Cuando existe una alternativa real, cambia la relación de poder. Una institución trata de otra manera a quien puede marcharse. Un intermediario deja de ser una autoridad y vuelve a ser lo que siempre debió ser: un servicio que puedes cambiar.

La descentralización no hace desaparecer el poder. Lo vuelve más discutible, más visible y más difícil de acumular sin resistencia.

Fíjate en que la libertad rara vez desaparece de golpe. Normalmente la entregamos poco a poco a cambio de comodidad, mediante decisiones que por separado parecen razonables. Con la centralización ocurre lo mismo: resuelves cada problema añadiendo una capa de control y, cuando quieres darte cuenta, has construido un banco.

Solo que ahora tiene un Discord.

Por qué Monad

Entré en Monad Foundation porque vi una tecnología con potencial real para cambiar el ecosistema. No porque prometiera una utopía —las utopías suelen envejecer mal y producen úlceras de estómago—, sino porque atacaba un problema concreto: la descentralización no puede convertirse en infraestructura global mientras usarla siga siendo lento, caro o innecesariamente difícil.

Durante años hemos aceptado una elección bastante pobre. Podemos tener sistemas abiertos y descentralizados, pero poco eficientes, o podemos ganar rendimiento concentrando la infraestructura en pocas manos.

Monad intenta romper esa elección. Usa ejecución paralela y asíncrona, un sistema de almacenamiento propio llamado MonadDB, propagación eficiente de bloques con RaptorCast y un mecanismo de consenso llamado MonadBFT. A la vez, mantiene compatibilidad con el bytecode de la EVM y con la API de Ethereum, de manera que los desarrolladores pueden aprovechar lo que ya saben y las herramientas que ya usan. Es lo que repito siempre en UX: no obligues a nadie a aprender otra vez lo que ya sabe.

Está diseñada para procesar hasta 10.000 transacciones por segundo, producir bloques cada 300 milisegundos y alcanzar finalidad en 600. Busca hacerlo con mejoras de software y unos requisitos de hardware razonables, para que ganar velocidad no signifique reducir el número de personas capaces de operar la red. Más en la documentación oficial de Monad.

Las cifras importan, aunque diez mil no sea un número especialmente espiritual. Importan porque los límites técnicos terminan convertidos en límites humanos. Si una red es demasiado cara, parte de la gente queda fuera. Si operar un nodo exige una barbaridad de hardware, cada vez menos personas pueden verificarla. Si una aplicación es lenta y desagradable, la mayoría regresará a soluciones centralizadas.

Una decisión sobre memoria, latencia o acceso a disco también dibuja una frontera política. A veces olvidamos que detrás de cada límite técnico hay alguien que podrá participar y alguien que no.

Eso es lo que me atrajo de Monad. El rendimiento no se plantea como una competición por colocar la cifra más grande en una diapositiva, sino como una forma de ampliar lo que podemos construir sin renunciar a los principios que justifican construirlo.

Lo que se ve desde dentro

La tecnología me hizo entrar. Las personas son una parte importante de lo que me hace quedarme. Y, te lo reconozco, he tenido encima de la mesa ofertas increíbles que he rechazado para seguir en Monad.

Esta es una de las primeras veces en mi carrera en las que puedo hablar de tú a tú con los founders. Puedo preguntar, discrepar y entender por qué se toma una decisión sin pasar antes por tres capas de ceremonia corporativa. Nadie tiene que fingir que el jefe acaba de descubrir el fuego cada vez que abre la boca.

Esa cercanía te permite ver cosas que no aparecen en una presentación. Una persona puede ensayar una visión durante meses, pero es mucho más difícil ensayar cada conversación pequeña, cada desacuerdo y cada momento en el que no hay público.

Lo que yo he visto me deja algo claro: antes que grandes visionarios, son buenas personas. Y esto es algo que he defendido siempre en Etéreo, el poder de las buenas personas: una buena persona puede llegar a ser un profesional de élite; lo contrario es un caso perdido.

Puede parecer un detalle blando en una industria que confunde el cinismo con la inteligencia. No lo es. El carácter de quienes construyen una tecnología importa precisamente cuando esa tecnología aspira a gestionar poder. La inteligencia sirve para crear sistemas sofisticados, pero no garantiza que merezca la pena vivir dentro de ellos.

La historia está llena de personas brillantes que pusieron su talento al servicio de ideas miserables. Por eso no me basta con trabajar junto a gente capaz de imaginar el futuro. También quiero saber qué clase de futuro desea construir cuando nadie la obliga a comportarse bien.

Hay aquí una paradoja bonita: intentamos crear sistemas que reduzcan la necesidad de confiar, pero esos sistemas los construyen personas en las que al principio debemos confiar. No veo una contradicción. Los sistemas sin confianza no nacen del desprecio hacia el ser humano, sino de conocer sus límites. Incluso las buenas personas se equivocan, los líderes cambian, las organizaciones se degradan y el poder siempre encuentra razones muy creativas para seguir acumulándose.

La descentralización es también una forma de humildad: construir algo que no dependa para siempre de que tú sigas siendo inteligente, justo o indispensable.

El trabajo de los martes

La Monad Foundation apoya el crecimiento del protocolo, a sus desarrolladores y los esfuerzos de descentralización. Esa es la descripción oficial.

Desde dentro, el trabajo es bastante menos cinematográfico. Consiste en escuchar, conectar personas, quitar obstáculos y ayudar a quienes están construyendo. También en distinguir lo que necesita el ecosistema de lo que simplemente hace más ruido. Fliparías si vieras la cantidad de trabajo que se hace en esto; no lo había visto en ningún sitio.

Las transformaciones importantes rara vez parecen importantes mientras ocurren. Suelen parecerse a una conversación que se alarga, un error que nadie entiende o alguien resolviendo un problema un martes por la tarde mientras en X anuncian, por quinta vez esa semana, que han reinventado las finanzas.

Las revoluciones quedan mucho mejor en retrospectiva. En tiempo real tienen tickets pendientes.

Pero ese trabajo cotidiano convierte una posibilidad técnica en una realidad social. Una tecnología no cambia nada por ser superior sobre el papel. Alguien tiene que entenderla, usarla, discutirla y construir con ella cosas que sus creadores ni siquiera habían imaginado.

Si controlas demasiado lo que puede surgir, no tienes un ecosistema. Tienes un jardín privado.

La pregunta de fondo

No trabajo en Monad para que la gente piense más en dinero. Me gustaría que algún día tuviera que pensar menos en él.

Que usar lo que le pertenece no requiera autorización. Que construir una idea no dependa de conocer a la persona adecuada. Que una comunidad pueda coordinarse sin entregar primero su autonomía. Que el lugar donde alguien nace no determine por completo los sistemas económicos a los que puede acceder.

Nada de esto ocurrirá automáticamente. La tecnología no va a salvarnos de nosotros mismos. En el mejor de los casos, nos dará mejores herramientas para organizarnos y menos excusas para aceptar estructuras que ya no funcionan.

Tal vez la libertad no consista en llegar a un mundo sin dependencias, sino en ampliar poco a poco la parte de nuestra vida que aún podemos decidir.

Desde fuera, cripto parece tratar únicamente de dinero. Pero el dinero es la capa visible. Debajo están el tiempo, la propiedad, el poder y la posibilidad de elegir otro camino.

Por eso trabajo en Monad Foundation. No quiero ayudar a construir una máquina que produzca más dinero, sino una infraestructura que devuelva capacidad de decisión a quienes la usan.

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