Después de una buena tralla de caminatas de sur a norte, madrugones que parecían más siestas testimoniales, llegó el momentazo.
Confieso que no era la primera vez que las veíamos. La noche anterior tuvimos en lujo de cenar en la terraza de un restaurante con una de las mejores vistas que el ojo humano puede contemplar en la Tierra. Ahí estaban. Tan majestuosas, señoriales, misteriosas… perfectas.
Se hacía raro cenar ahí, algo como una irreverencia. Hasta me sentía un tanto intruso al posar en las fotos.
